Solía conocer a mucha gente en sus viajes verticales. No podía entender por qué algunos le tenían miedo. Esto le pesaba mucho más que las cargas que soportaba día tras día.
Cuando se quedaba solo, se encerraba en sí mismo con puertas automáticas y una de protección, por si acaso.
Se sentía utilizado.
En los momentos en los que se hartaba de que lo maltrataran o simplemente porque no soportaba su soledad, se apoderaba de la incertidumbre de las personas.
Y eso que tan solo, ¡tan solo!, era un…
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ascensor.
M. L. F.
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