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Alienación y Revolución. Por Ernesto Estévez Rams

15 de Julho de 2019, 9:13 , por La pupila insomne - | No one following this article yet.
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Una joven modelo polaca decidió caerle a martillazos y detrozar la nariz de una estatua pública con más de doscientos años de antiguedad mientras era filmada por una cómplice, con el objetivo declarado de aumentar el número de seguidores en una red social de la que era cliente. Dicen que la chica está ahora arrepentida del crimen cultural que protagonizó.

Se pudiera creer que se trata de un caso aislado de obsesión por la notoriedad, pero sabemos que no lo es. Son los pretendidos subproductos inevitables, pero que se han sido convertidos en productos esenciales de la sociedad del espectáculo, un término acuñado por  Guy Debord en un libro  homónimo y luego retomad por Vargas Llosa en una ensayo que explícitamente titula La civilización del Espectáculo. No he leído el libro de Guy Debord pero sí el ensayo de Vargas Llosa. Asumiendo el riesgo suicida de creerle a Vargas Llosa su análisis de la obra del primero, según el escritor peruano, la tesis fundamental es «que en la sociedad industrial moderna, donde ha triunfado el capitalismo y la clase obrera ha sido (por lo menos temporalmente) derrotada, la alienación – la ilusión de la mentira convertida en verdad – ha copado la vida social» y cita a Debord «El espectáculo es la dictadura efectiva de la ilusión en la sociedad moderna». Continúa Vargas Llosa en su análisis de Debord, reconociendo que a este pertenece la idea de que el empobrecimiento de lo humano es consecuencia de reemplazar el vivir por el representar donde se actúa permanentemente como si se estuviera en un escenario. Si la vida se asume como una actuación permanente, entonces todos somos actores,  bien buscando los quince minutos de fama que deben correspondernos o, al menos, hacer un papel decoroso que te haga trascender no por genuino sino por la excelencia de tu impostura (¿acaso hay diferencia entre ello?).

Polonia no es un arquetipo de la sociedad industrial capitalista triunfante, su historia es más traumática.

Geográficamente situada en un espacio de confrontación de imperios, su nacimiento como nación está vinculado, como probablemente ninguna otra europea, a la lucha de una población por gestarse como nación y no ser absorbida ya sea por los teutones, por los musulmanes, lo suecos  o por los rusos. Ahí están las novelas heroicas de Henryk Sienkiewicz narrándonos ese proceso diluvial. Bajo la égida soviética, luego de la derrota nazi que se los habían efectivamente anexionado, la sociedad polaca es un caso de estrés postraumático permanente. Su héroe más genuino de la posguerra mundial es un trabajador portuario que si bien derrotó, al menos simbólicamente, la hegemonía soviética vista como invasión, terminó entregando el país a otros poderes europeos y más allá. Poderes representantes de un capital voraz con todos los ímpetus de un neoliberalismo desatado por falta de oponentes globales. El aborto socialista en Polonia hace que toda batalla social en ese país no se debata entre la conquista de la justicia social y la depredación capitalista sino, está sumergida en el falso pero inevitable dilema de  un pasado inmediato, donde la revolución social, que nunca fue, condujo a una sociedad alienada y sometida, y la llegada del capitalismo está asociada al aparente desatar de esa supeditación. El problema es que el proceso de “independencia” no condujo a la desalienación porque en realidad fue una pantomima hacia otra dependencia aún más férrea pero mejor disfrazada. Checoslovaquia es otro buen ejemplo de un proceso similar. Milan Kundera bien podría escribir otra Insoportable Levedad del Ser o hacernos otra Broma refiriéndose a la república checa actual como mismo la escribió sobre su apreciación del asfixiante ambiente de la era soviética.

La modelo se llama Julia Slonska, el vídeo en el parque de Varsovia donde ejecutó su vandalismo recorre las redes. Recibe en su mayoría condenas pero algunos lo consideran «atrevido», «liberador» lo que ha hecho. Seis mil seguidores en Instagram le parecían poco.

En estos casos, la sociedad del espectáculo con sus pequeños actos deleznables de una joven destrozando narices pétreas para sobresalir, es también consecuencia a nivel de individuo de ese callejón sin salida donde ha dejado la historia a ese país y ese pueblo que, por su pasado más mediato de lucha heroica, merece mejor suerte.

El valenciano Rubén Domínguez se hace fotos con bolsos Louis Vuitton en Auschwitz, también Polonia. El “especialista de modas” parece que halló atractivo banalizar el lugar donde murieron más de un millón de personas. Sus fotos en Instagram iban acompañadas de etiquetas como #gucci, #louisvuitton, #fashiondesign. Frente al alud de críticas retiró las fotos y se disculpó afirmando que el no estudiaba  «historia» y su «verdadera enciclopedia es la Vogue», para concluir  «mi vida es la moda».

La incompletitud de una transición democrática que no pudo deshacer del todo la ligaduras de un pasado franquista, luego de una guerra civil brutal, marca de manera inevitable la memoria colectiva de ese país. Llegada tardía a la modernidad europea, en España se conjuga, por la clase política, un complejo de no haber sabido mantenerse como potencia de primer orden luego de poseer el imperio más grande de la historia, y un afán exagerado en ser aceptados en el concierto político capitalista como potencia de primer orden. Ahí está la bochornosa foto de Aznar  posando junto a Bush con los pies encima de la mesa, o la otra sonriendo al lado de Blair y el mismo presidente de Estados Unidos mientras decidían la invasión a Irak.  Es la España donde el poder se escandaliza si un presidente mexicano les habla de la necesidad de que pidan perdón por el genocidio de la conquista, y algunos libros escolares hablan de la misma como una cruzada civilizatoria que tuvo algunos excesos. Ni hablar de una memoria histórica no aplicada a fondo, donde calles, plazas y lugares públicos mantienen  nombres de falangistas, y políticos de derecha, reinvindicando el pasado fascista de la dictadura. Es la España donde el Obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig, compara el aborto con ese mismo campo de concentración de Auschwitz donde posó Domínguez y oficia alguna que otra misa con la bandera franquista. Es la España donde el Arzobispo de Barcelona Lluis Martínez dice que el robo de bebés en el franquismo no había sido para tanto y había que juzgarlo «con criterios de aquel tiempo».

En estos casos, la sociedad del espectáculo con sus pequeños actos deleznables de un joven usando Auschwitz como pasarela para sobresalir, es también consecuencia a nivel de individuo de ese aborto de una sociedad que no logra lidiar con los fantasmas de su pasado histórico a pesar de tener un legado heroico de pasonaria que merece mejor suerte. 

En el 2016 el Museo del Holocausto en  Estados Unidos tuvo que pedir a los visitantes, según AP, que no jueguen «al Pokémon Go en sus instalaciones porque es “extremadamente inadecuado”». Las mismas peticiones han tenido que hacerse también en el memorial a las víctimas del atentando de las torres gemelas. 

La meca de la enajenación, donde los medios absolutos de entretenimiento lo mismo hacen de Lincon un cazador de vampiros, que eligen a un presidente que dice que a las mujeres hay que cogerlas por sus entrepiernas. Una sociedad donde la banalización de la historia hace de los superhéroes de Marvel y DC los principales referentes de heroicidades. Es mejor vivir en ese mundo de fantasía que tener que lidiar con la realidad de que, viviendo en el país más rico del planeta, puedes no tener manera de costearte el tratamiento médico. El país donde puedes ser desalojado de tu vivienda mientras los bancos que te engañaron son rescatados con miles de millones de dólares sacados de tus impuestos, mientras sus directivos, al final del año, se adjudiquen arguinaldos que suman montos equiparables. Es el país donde hay que manifestarse para que la policía de demasiadas localidades se percaten que la vida de un negro importa. Es el país donde un neofascista embiste a una multitud de personas en una contramanifestación y el presidente dice que del lado de los supremacistas blancos también hay «buenas» personas.

En estos casos, la sociedad del espectáculo con sus pequeños actos deleznables de alguien saltando de alegría por haber descubierto un Pokémon virtual al lado del nombre de una victima del atroz crimen del 11 de Septiembre del 2001, es también consecuencia, a nivel de individuo, de ese aborto de una sociedad que se basa en el ejercicio más estricto del contra todos y por el bien de uno mismo, a pesar de que su pueblo tiene también un legado de luchas heroicas que merece mejor suerte. 

Los abortos sociales traen, mientras no se halla una salida transformadora, tales lodazales de esterilidad.

Pero la alienación no es exclusiva de tales sociedades.

Un joven genérico se toma una foto sobre un almendrón descapotable se le ve, además del adorno profuso de joyas de oro, abrumado de mujeres jóvenes con escasas ropas, al fondo, la Plaza de la Revolución donde entre muchas otras, se despidió el duelo de las víctimas de Barbados. Si ya se usa más  la plaza para lo que no fue hecha que para lo que la hizo histórica, no podemos asombrarnos que sea cada vez más locación de turistas y menos espacio político y social.

En Cuba, después de la frustración republicana resultado de la pantomima de la independencia, fenómenos igualmente desmoralizantes se entronizaron en la sociedad. El choteo fue analizado como esa escapatoria social. La corrupción que promovió el interventor y su entronización en personas que habían sido héroes de la guerra de independencia fue también una salida individual, en el fermento apropiado, al aborto. 

La Revolución cubana fue un acto de desalineación gigantesco. Mientras en los EE.UU el escape de la clase media a la asfixia social era la rebelión sexual y la actitud antisistema de los hippies, en Cuba, la juventud hasta ayer copiadora de los modelos norteamericanos se volcaba en procesos sociales descolonizadores. Alfabetizaciones, obras  de choque, protagonismo real en la construcción de una sociedad distinta canalizaban el ímpetu juvenil hacia lo transformador. 

Pero junto a ese proceso otros más lentos y sumergidos fueron haciendo resurgir formas de alienación heredadas del pasado neocolonial y otras nuevas incubadas en nuestras propias cortedades. El resurgimiento de la alienación en Cuba no es solo resultado de las frustraciones económicas y el prolongado asedio imperial, tiene causas también autóctonas. El tema es complejo, tanto que rebasa el alcance de estas páginas. Solo menciono algunas insoslayables.

En cualquier sociedad la alienación es, en el fondo, el resultado de que el individuo siente que el ejercicio del poder económico y político, que afecta su vida cotidiana, se escapa de su control. Nuestra sociedad, con toda su intención participativa, no ha superado ese dilema.  Sectores crecientes de la sociedad se sienten en ese sentido alienados.

El transfondo de mucha de la alienación corruptora que observamos hoy es resultado de la frustración ideológica que le siguió al ver que la vía socialista, representada  por el campo socialista soviético, fracasaba. Luego de asociar  el sentido del sacrificio a un futuro que se anunciaba victorioso, para no pocos revolucionarios hasta ese momento, el derrumbe soviético lo vino a poner en duda. Si no hay certeza en que el sacrificio rinda dividendos tangibles, entonces agarra lo que puedas. La mentalidad sumergida del vivo, escondida por décadas por no hallar terreno favorable, resurgió con animo de revancha. Y no dejó sector social sin ser atacado, ni espacio donde no haya tomado trincheras y provocado retrocesos. La alineación es entonces respuesta individual al hecho objetivo de que tu suerte como individuo escapa a tu esfuerzo y la suerte colectiva ya no está tan claramente definida.

Sometida a un asedio colosal, carente de un sustrato ideológico que dé certeza al resultado de la guerra  en la que se ha empeñado por más de sesenta años, ¿dónde hallar antídotos a la alienación?

La respuesta nos la comienza a dar el Presidente: un discurso público sistemático que haga una proyección programática del futuro que sea movilizadora más allá de su consagración en la Constitución de la República. Diaz-Canel está derrotando la postverdad a golpe de realidad, aqui y ahora. Está comenzando a hacernos regresar, más allá de la consigna, la certeza de que el futuro lo construimos nosotros.

Pero, siendo honesto, contrario a su esfuerzo se erigen fuerzas alienadas y alienadoras tremendas no solo desde el exterior.

A esas fuerzas no puede agradarle la frescura que atenta contra la monotonía desmovilizadora de una letanía de palabras vacías. No puede agradarle a quienes prefieren congresos o reuniones que parecen no rebasar una contínua reafirmación de adhesión revolucionaria sin que se vaya más allá de la consigna y la frase hecha. No puede agradarle a los funcionarios que deberían estar rindiéndole cuentas a los delegados o participantes y en vez de ello, los vemos regañando a los miembros de base porque ellos no están satisfechos con su desempeño. No debe agradarle a dirigentes que siempre están enojados cuando los entrevistan o hacen declaraciones públicas. No debe agradarle a los que hacen intervenciones con argumentos genéricos que lo mismo sirven para avalar lo que se pretende que la tesis contraria. No debe agradarle a los que hacen declaraciones de intenciones sin fechas, ni cronogramas, sin lista de acciones concretas y que se reducen a  estamos estudiando, se está valorando y otras por el estilo. No debe agradarle a los que hacen afirmaciones desatinadas en temas de alta sensibilidad sin el menor sentido político. No debe agradarle a los proclamadores de decisiones bajadas como edictos sin la suficiente participación ciudadana. No debe agradarle a los que defienden designar a elegir.  No debe agradarle a los que hacen resistencia al ejercicio de la autocrítica pública por parte de dirigentes y estructuras.

No subestimemos a la burocarcia y la funcionarocracia, intentarán una vez más adaptar su discurso para, aparentando cambiar, no cambiar nada. Intentarán otra vez revertir las perspectiva para aparentar ser agentes de cambio revolucionario  mientras rumian sus mediocridades, sólo útiles en mantener sus ridículos puestos.

No subestimemos a la contrarevolución, momentáneamente anonadada, buscará subirse en el nuevo discurso para volver a disfrazar su pretención desarmadora en ropajes de innovadores. Volverán a vendernos ideas viejas en continente nuevo. Volverán a ensayar en llamarnos conservadores y ellos apropiarse el adjetivo de revolucionarios. Volverán con sus reconversiones y sus terceras vias sin nombrarlas. Volverán a ofrecernos alienación como papilla de consumo de masas y la ideotización hedonista, como summun de las aspiraciones humanas. Frente a la mención del bloqueo, volverán con aquello de : “Por Dios, no!”.

Ahora que se insiste en la necesidad de la ciencia y la innovación en la estrategia de avance del país, lo perentorio no solo es innovar en los económico y social, sino además en lo ideológico y lo político, este último como realización práctica del primero. Hay mucho que rehacer en ese terreno tan marcado por la monotonía, la pérdida de perspectiva y la falta de imaginación.

Cuenta el académico de mérito Hugo Prez, que al comienzo de la Revolución le dió clases de matemática al Che a pedido de este que, al ser nombrado presidente del Banco Nacional de Cuba, sintió que necesitaba llenar sus lagunas en la materia. Las clases podían ocurrir a cualquier hora, incluso de madrugada, luego de la faena intensa de un día. Dicen que Fidel, cuando comenzó la revolución médica en Cuba, se entrenaba en medicina con gruesos libros de la carrera. Ese afán obsesivo de superación hay que recuperarlo.

Hay mucho que rehacer en otros términos. Superar esas impresionantes carencias de cultura política, ideológica e histórica en demasiado decisores, funcionarios, administradores. La incultura que acompañando el discurso de lugares comunes, hace defender posiciones claramente antisocialistas sin tan siquiera percatarse de ello.  La incultura que los hace no conocer a fondo sobre los procesos que dirigen y, frente a la inseguridad que emana de la ignorancia, el refugio en seguir a pie juntillas orientaciones o, peor aún, terminar sometidos a las fuerzas antitransformadoras que sugieren no arriesgarse.

Hoy, no tengo, frente a la urgencia, tiempo para esperar musa poética. Hagamos de esta contraofensiva revolucionaria que se abre con los tres últimos discursos del presidente el ahora o nunca de esta generación, derrotemos a nuestros fantasmas, derrotemos a la mediocridad, derrotemos a los burócratas, derrotemos a los agoreros del final, derrotemos al imperialismo.

 

 

 

 

 

 


Fonte: https://lapupilainsomne.wordpress.com/2019/07/15/alienacion-y-revolucion-por-ernesto-estevez-rams/