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La pupila insomne

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La pupila insomne

3 de Abril de 2011, 21:00 , por Desconhecido - | No one following this article yet.
Licenciado sob CC (by)

“Cuba sigue erguida y poderosa solamente por el derecho y la razón que le asisten” Por Máximo Gómez

18 de Novembro de 2019, 11:06, por La pupila insomne

El 18 de noviembre de 1836 nació en Baní, República Dominicana, el más brillante de los guerreros cubanos que no se cansó de infringir derrotas al más grande ejército que desplegó España en América: Máximo Gómez. Su relato El viejo Eduá es un despliegue de honestidad y humildad, a la vez que de admiración por los cubanos más humildes que junto a él pelearon por la libertad.

El viejo Eduá

Cinco años habían transcurrido, y día por día alumbraba el sol los episodios más sangrientos, las escenas más conmovedoras de aquel combate permanente que sostuvo Cuba con sin igual bravura para conquistar su independencia. Se combatió con denuedo y sin descanso largo tiempo, y se hicieron asombrosos esfuerzos de valor por los que se atrevieron a luchar.

En aquella guerra sostenida por la santa indignación de los menos, nacida de la inmerecida y brutal opresión bien armada a un pueblo entero, tuvieron lugar hazañas heroicas de diferentes modos y maneras. De mil modos se le puede servir a la patria. Lo esencial es servirla.

La lucha era por demás desigual. Cuba, encolerizada y enloquecida, con el corazón herido por tantos dolores y ofendida su dignidad con tantos ultrajes, no se aprestó bien para aquella batalla, y sobrante de fe y entusiasmo, pero sin fusiles ni pólvora, se levantó para sacudir su oprobiosa tutela. No quiso otra cosa España y abocó sobre ella todos sus cañones y con ellos todo el refinamiento de la matanza y el exterminio para saciar su venganza y producir el terror sin comprender que las revoluciones ni se asustan ni se exterminan. ¿Cómo matar una idea?

Cuba sigue erguida y poderosa solamente por el derecho y la razón que le asisten, pero sus defensores no tenemos armas, y el derecho y la razón contra la tiranía, no significan nada cuando no son pregonados por la voz de los cañones. Sin embargo, aquel alzamiento asustó a los españoles y se quedaron un instante a la defensiva, mientras hacían sus aprestos de guerra.

La Revolución ¡funesta ilusión! se durmió sobre sus primeros laureles, y hasta llegó a ser cosa extraña en aquellos momentos de loco entusiasmo magnánima y generosa con sus propios enemigos, pagando más tarde, y muy caro, su cordial entusiasmo. «¡Ay de aquel que es humano y conspira!»

No se hizo esperar mucho tiempo el látigo de la guerra que España despiadada debía dejar caer encima de la colonia sublevada, y un cuerpo de ejército de tropas regulares, que comandaba como General en Jefe un hijo o hermano del Duque de Alba, sin duda se aproximaba sobre la margen derecha del caudaloso Cauto: el General español que más sangre inocente derramó en Cuba, y que más ayes arrancó, y más lágrimas hizo verter a la mujer cubana, General y Conde por añadidura, para ser más fiero: era Valmaseda, que venía dispuesto a exterminar en la heroica Bayamo la Revolución. ¡Como si las revoluciones fueran de un solo punto y una sola fuera su cabeza! La Revolución de Cuba no está solo en el corazón y la mente de sus hijos, está en sus brisas, en sus palmas, en sus arroyos, en sus cavernas y está en toda la América.

Se quiso poner resistencia a aquel cuerpo de ejército y se empeñó el propósito de impedir el paso del Cauto al Conde de Valmaseda. Empresa temeraria por cierto: un Ejército de desarmados enfrentarse a otro Ejército erizado de cañones y bayonetas. No puede haber mayor ­arrojo, más inaudito.

Yo me encontraba a la sazón ­disputándole otro paso de Cauto –Palma ­Soriano, en Oriente– a Campillo, segundo tomo de Boves, aunque no tan valiente, que con una fuerte división también forzaba marcha hacia el interior a darse las manos con Valmaseda: esa era la combinación. En «La Chuchilla» de Palma Soriano, le tuvimos detenido diez días, hasta que refuerzos llegados de Santiago de Cuba le ayudaron a continuar.

Los Generales Donato Mármol y Modesto Díaz mandaban de consuno el Ejército de operaciones contra Valmaseda.

A tres o cuatro mil llegaría el número de patriotas con más de 2 000 libertos desarmados unos y mal armados otros con pésimos machetes y viejas escopetas. Aquella masa de hombres indefensos se arrojó sobre los cañones de Valmaseda: la metralla hizo su carnicería espantosa, muchos se ­abrazaron de los cañones para morir sin triunfar. Aquella acometida no podía durar mucho. Los patriotas al fin se retiran y el Conde plantó su tienda, triunfante, según él, sobre los escombros humeantes de la heroica Bayamo.

A Bayamo seguramente reservará la Historia una página tan honorable como gloriosa. Aquel pueblo no se reservó nada: todo, absolutamente todo lo ofrendó a la Revolución. Sin ­distinciones de clases ni categorías, la población en masa, sin quejas y sin esfuerzos, más bien con altanero orgullo y satisfacción extraña y digna a la vez, abandona el campo al enemigo poniendo fuego a sus hogares.

Tal acto de asombroso sacrificio confundió al Conde, cuyo primer impulso fue mandar preparar cuarteles en la vecina villa de Manzanillo para ir allí a alojar su ejército. Pero tamaño desaire debía ser castigado a fuego y sangre, Si eso se propuso después. Puso en práctica la persecución más despiadada y feroz, cebando su rabia en aquella masa de población indefensa que errante vagaba por las montañas y las selvas, teatro de las escenas más crueles de sangre y de dolor.

Valmaseda, a mi juicio, no nos hizo daño en cierto sentido. Aquel Boves de su época, ayudó al afianzamiento de la idea, a lo verdaderamente definitivo de la resolución, al «diente por diente» de las revoluciones cuando son buenas porque son implacables con sus enemigos; de otro modo, es decir, cuando demasiado sensibles y ­generosos los pueblos no les cantan himnos como la «Marsellesa» ni les levantan altares como la guillotina. Entonces tal parece que los pueblos no tienen plena conciencia de sus derechos y anda escasa en ellos la dignidad.

De la masa aquella de patriotas desarmados que en forzosa retirada dejaban libre el paso a las huestes devastadoras del Conde, los 2 000 libertos llenos de espanto se ­dispersaron por todo el territorio insurreccionado, y muchos de ellos, ­todavía aun ciegos, pues no había ­tenido tiempo de alumbrar su cerebro la antorcha de la libertad, se presentaron a sus antiguos dueños.

Eduá, el viejo Eduardo, de 60 años, formó parte de aquella masa arrollada con la metralla y después dispersa; pero él guardó la fe en su corazón y siguió vagando entre el torbellino y la matanza de la guerra.

Atacada la Revolución por todas partes, España empleó todos los elementos de que podía disponer, que eran muchos. Le puso sitio. Cuidóse muy mucho de aniquilar en perjuicio nuestro todos los recursos del propio suelo, al mismo tiempo que atenta y vigilante impedía que nos viniesen de fuera. Y sin embargo, la Revolución no pudo morir. ¡Ay de España si Cuba, como deberá suceder, se levanta para que se cumpla su destino! ¡Españoles, o quedaos con nosotros como hermanos, o arreglad la maleta!

Del acosamiento y la persecución sin descanso, de la matanza sin piedad, de las terribles y constantes privaciones, de todo eso, grande y feroz, resultó otra cosa más poderosa e incontrastable y sublime: la necesidad.

Esa es una madre severa, pero buena. España no supo lo que hizo. Nos enseñó a pelear de firme. Llegando a los extremos, nos hicimos seriamente cargo de nuestra situación, y la aceptamos. Hubo más, la amamos. ¡Qué amor tan grande! El combatiente amó la montaña, el matorral, la sabana; amó las palmas, el arroyo, la vereda tortuosa para la emboscada; amó la noche oscura, lóbrega, para el descanso suyo y para el asalto al descuidado o vigilado fuerte enemigo.

Amó más aún la lluvia que obstruía el paso al enemigo y denunciaba su huella; amó el tronco en que hacía fuego a cubierto y certero: amó el rifle, idolatró al caballo y al machete. Y cuando tal amor a todas esas cosas fue correspondido y supo acomodarlas a sus miras y propósitos, entonces el combatiente se sintió gigante y se rió de España. España estaba perdida. No sé qué Genio fatídico batió sus alas sobre Cuba! Caprichos siniestros y menguados del destino.

Casi no nos explicamos el Zanjón, cuando nos ponemos a pesar situaciones…

En alas de mis amados recuerdos me desvío, sin advertirlo, de la hilación verdadera, del relato sobre mi futuro viejo asistente, Eduardo. Perdonen mis lectores, pero probaré a encontrarlo. –Soy buen práctico de Oriente, donde debe hallarse.

Había transcurrido el tiempo, –¡se vivía tan aprisa!– olvidándosenos muchas veces hasta las fechas; tan llena de emociones diversas pasamos aquella vida, siempre al trote, unas veces detrás del enemigo y otras veces delante.

Ya yo tenía casi olvidada la sangrienta y asoladora invasión del conde de Valmaseda a Bayamo y una casualidad, insignificante al parecer, me hizo recordar aquel fatídico suceso. Advierto que tampoco en una guerra como la que sostuvo Cuba pasaba nada insignificante y que no tuviera su importancia relativa, del propio modo que no hubo un solo hombre que fuera completamente inútil. De aquí aquel heroico axioma: «si no sirvo para matar, serviré para que me maten».

Explicaré el caso, pero antes es preciso citar antecedentes.

La muerte natural del general Donato Mármol, Jefe que comandaba el ejército de Oriente, fue causa de que yo abandonara, por orden superior del Gobierno, el mando de la División, ya bastante veterana, con que sosteníamos la campaña de Charco Redondo al Sur de Jiguaní. Los españoles en Oriente, como en el Camagüey, al saber la muerte del invicto General trataron de aprovechar el desaliento y el desconcierto, que torpemente suponían pudiera acontecer en aquellas tropas ya aguerridas por falta de su jefe. En las Revoluciones pocos hombres son necesarios. El que se cree eso está en un ridículo error.

Trataron, pues, de activar sus operaciones en toda aquella parte que por nuestra organización territorial se denominó Departamento Oriental. Reforzaron sus campamentos y puestos fortificados y establecieron otros más, multiplicaron sus columnas y guerrillas en operaciones, y fue más activo y cauteloso su sistema de espionaje.

Los batallones más aguerridos, probados y prácticos ya en aquella comarca, marcharon enseguida a engrosar las filas de aquel ejército exterminador y sanguinario.

En las guerras, como es sabido, los lugares, como los hombres, adquieren, por los sucesos que en ellos o por ellos se suceden, cierta celebridad y ­renombre que la Historia no puede ­prescindir de mencionar. Y en Cuba los tenemos de bastante resonancia, exceptuados aquellos donde se han dado batallas quedando vencedoras las armas de la República, de la misma manera que tenemos hombres que apenas si tiraron un tiro, y la Historia no podrá menos que colocar sus nombres al lado de los más esforzados combatientes. Como por ejemplo, en Oriente, «La Demajagua», «Yara», «Tacajó», «Las Dos Palmas», «Miranda», «Arroyo del Rosario». (Pocos saben el porqué de éste.) Como en el Camagüey «Guáimaro», «Najasa», «El Horcón», y «Siguanea» en las Villas, y por último el «Zanjón».

Lo mismo sucede con los hombres.

Me ocurre poner al lado de Céspedes a Aguilera, al lado de Agramonte a Luaces, al lado de Argilagos a Moralito, al lado de Henry Reeve a L. Ayesterán, y así a muchos.

A los unos les escribiría yo en sus hojas de servicios las siguientes notas de concepto: Valor fuera de toda duda. A los otros: Terribles.

Miranda, uno de los lugares, citados es, o era, una finca derruida y abandonada, a la que la tremenda escoba de la guerra barrió hasta los cimientos de sus viviendas.

Está situada al Norte de la ciudad de Santiago de Cuba, a larga distancia y camino que conduce a Holguín. Se respalda la posesión por el Norte en un monte enmarañado y tupido, pedregoso en algunos puntos, pero tan terrible como los de Remedios, arsenales misteriosos de Carrillo y Serafín Sánchez, y posee al mismo tiempo algunas cuevas y cavernas capaces de facilitar alojamiento a algunos hombres, y conocidas solamente de nuestros hombres de confianza.

Ocupado el asiento de la mencionada finca por un campamento enemigo, bien guarnecido y mejor abastecido, que servía de proveeduría y descanso de las columnas y guerrillas, siempre en activas operaciones en aquella zona, me ocurrió un día que tal vez no sería difícil apoderarnos por sorpresa de aquel puesto, que nos daría abundantes y buenos elementos, y lo que es más, quitaríamos de aquel centro tan perjudicial como peligroso estorbo.

Para poder llevar a cabo con algunas probabilidades de éxito, operación de tanto riesgo, era necesario estudiar bien y muy de cerca la posición, y no queriendo confiar a otro tan delicado encargo, me propuse yo mismo ejecutarlo. Con tal propósito y acompañado de tres hombres de mi confianza, Juan Millares uno de ellos, salí una tarde de nuestro campamento situado en los montes de Barranca, a dos leguas del punto objetivo, y pretextando que salía a ver a mi esposa oculta más al interior del monte.

Para inspeccionar o explorar mejor, con más seguridad y menos peligros el campo enemigo, la hora más propicia era al rayar la aurora, pero es preciso tomar puesto con bastante antelación. Mientras se despereza el soldado se puede ver mucho: luego el soldado, el centinela que en la madrugada ­oscura ha estado vigilante sin novedad, no la espera al comenzar el día y sólo piensa en su relevo y en el café. Siguiéndome por estas reglas procuré estar a la caída de la tarde en el monte cavernoso de Miranda. Allí, en efecto, llegamos a buena hora, y al internarnos para buscar un puesto para dejar mi caballo, Juan Millares, que era todo ojos, ­oídos y nariz, dijo:

–Me huele a candela. –Y cuando él nos advirtió eso, entonces nos olió a los demás.

–Efectivamente –repuse yo–. Juan, veamos eso y no nos fiemos de una celada.

Cuando nos preparábamos para hacer una pesquisa alrededor de nuestro campo, divisamos por el claro ­oscuro de la espesura del monte, una especie de espectro o fantasma, que a paso muy lento se dirigía rumbo a nosotros, apoyándose en un palo ­largo.

–¡Quietos! –dije preparándonos–, y mucho ojo para ver si alguien más viene detrás.

A medida que el espectro se aproximaba a nosotros, tomó las formas de un hombre viejo, enfermo y extenuado, casi un cadáver, apenas si tenía un andrajo que le cubriese las partes pudorosas. Mi primera idea fue, que de seguro aquel viejo negro, que tal vez no sabía hablar ya, sería un ­cimarrón antiguo de aquellos que preferían a la esclavitud los riesgos del arranchador [sic] y de los perros de presa, y se refugiaban en las montañas o en los grandes montes.

– ¿Quién eres tú? –le dije una vez llegado a nosotros y con acento claro y despejado me contestó:

–Yo soy Eduardo, un viejo negro de los que estábamos con el General Mármol. No lejos de aquí le enterramos. Con su muerte todos nos dispersamos, y yo triste y enfermo, me refugié en este monte. Por allí tengo mi cueva donde vivo.

–Entonces ¿conocerás bien todas esas cercanías de Miranda?

–Como la palma de mi mano.

–Pues me servirás de guía, quiero ver de cerca ese campamento.

–Es inútil –me contestó– no puede ser hoy, pues ha entrado mucha gente.

Entonces para quedar cerciorado ordené a Juan, fuese con otro número16 lo más cerca posible, sin dejarse ver, a saber lo cierto. En efecto, al regresar éste confirmó la noticia. Una columna de tropa de las tres armas acampaba allí.

Quedó sin efecto mi exploración, y dejé instrucciones al viejo Eduardo, tanto para el espionaje como para que hiciera todo lo posible por comunicarse con algún camarada que tal vez habría en el campamento enemigo, teniendo yo buen cuidado de mandar a recoger las noticias.

La importancia de Miranda databa desde muy atrás: siempre había sido acampadero de los patriotas, por cuya razón se habían librado allí algunos combates. Es un punto céntrico, y el Mayor General Donato Mármol había fijado en él su Cuartel General. Allí murió tan insigne patriota, mi primer compañero en aquella guerra, y allí están depositados sus restos.

Como he dicho antes, la campaña se embraveció, si es permitida la comparación, a la manera de huracán furioso que intranquiliza y ensoberbece el mar. No permitiendo que nadie se estuviese quieto, yo era el primero en moverme, por eso y porque luego pensé que aquel infeliz viejo negro, enfermo y extenuado y por consiguiente inútil, poca cosa haría de provecho, y no me ocupé más de él. Sus días debían estar contados, pues los alimentos que a duras penas podía proporcionarse por aquellas viejas estancias abandonadas, tenían que ser muy exiguos. Su muerte era segura e ­ignorada en su caverna oscura, o cogido in fraganti y rebelde liberto, por España, escarbando un triste boniato y allí mismo ejecutado. Los ­procedimientos en todas las guerras son tremendos: de otra manera no pueden ser, no obstante la benevolencia de los directores. Pero en la de Cuba eran terribles. –Y así son mejores para acabar más pronto. –No hay que tener miedo. El decreto de Trujillo lo hizo todo.

Volviendo a mi Viejo Eduá. ¡Pobre e infeliz esclavo!, pensaba yo. La libertad le alcanzó demasiado tarde. ¡Qué destino!, lo ha sacrificado más bien que redimido. ¡Morirá desamparado y solo! Y yo seguí marchando sin ocuparme más de aquel cadáver [tampoco me era posible], ni de Miranda. Pero me dije: «voy a ver si logro que el enemigo, no solo abandone este puesto, sino otros más. Probemos a obligarlo».

Serían las nueve de la noche tempestuosa del día en que me ocurrió esto, cuando mi Secretario, que lo era en aquellos días el Comandante Vicente Pujol,17 patriota sin igual y más sufrido que Job –tomo segundo de Enrique Collazo–, me avisó que estaban extendidas varias órdenes y que sólo esperaba mi firma para despachar. Firmé y enseguida partió un hombre protegido por la oscuridad, al que se le dijo: «cuidado con descansar». ¡Qué hombres aquellos!

Diez días después estaban concentrados nuestros batallones en las casi inexpugnables posiciones de la «Galleta» y los batallones más bravos del enemigo, entre ellos «San Quintín», que nutrieron las filas del ejército español en Cuba, allí quedaron fusilados.

Así son las cosas. La verdad histórica ante todo. Yo no pude llegar a tiempo y por eso fue deshecho «San Quintín». Yo necesitaba mucha gente ­entera y a tenerla el combate se ­hubiera excusado. Pero ¿quién iba a convencer a Prado, a Maceo, a ­Paquito Borrero, a Moncada, a Mayía ­Rodríguez, a Marín y cincuenta oficiales más, bravos y resueltos, de que no convenía batirnos allí? ¡Ah! Cuando evoco estos bélicos y grandiosos ­recuerdos, apenas me puedo dar ­explicación del Zanjón, a pesar de saber muchas cosas cubanas.

Aún no despejadas las hondonadas de aquella agreste montaña del humo de tan terrible combate, que se resolvió cuerpo a cuerpo a favor de las armas de la República; aun enteros los cadáveres de los bravos de «San Quintín», allí abandonados, y ya estaban enseñoreándose nuestras huestes en la rica y españolizada comarca de Guatánamo. La destrucción del famoso campamento de la Indiana dejaba franco y asegurado nuestro centro de operaciones, y nuestro ejército provisto de todo lo más necesario de que había carecido en absoluto.

De ahí el inútil esfuerzo de Martínez Campos, el General español más bravo y astuto que nos combatió. El General llegó tarde, ya conocíamos el terreno y los recursos eran nuestros.

De ahí deduzco que Cuba será de los cubanos a la hora y punto que ellos quieran. Un querer y un rifle. Este lo venden baratísimo los yankees. Los partos más felices son aquellos que se hacen menos acomodaticios.

Para una cosa solamente debemos pensar mucho los hombres, para hacer el mal.

Es verdad, dejamos casi abandonada la jurisdicción de Cuba, pero en su vecina la de Jiguaní estaba Calixto García con su brazo aún vendado sosteniendo la combinación. ¿Pero cómo lo hizo? Un hombre enfermo y herido ­yendo a buscar a sus atrincheramientos a los españoles. ¿En dónde hubiese estado un General español en idénticas circunstancias y de los méritos de aquél? –En el Palacio del Capitán General en La Habana, o en la Quinta de los Molinos, que según me explicó un día de campamento Pepe Urioste, era espléndida. Yo no la he visto.

Las comparaciones, además de ser odiosas, tienen mucho de vulgar, pero algunas veces son necesarias u oportunas, y entonces se deben perdonar.

Ésa es la verdad histórica, lo digo por si en un momento de ofuscación se me pueda suponer apasionado por Calixto, a quien nunca podré dejar de amar aunque vive en España siendo Cuba esclava. Existen lazos entre los hombres que se han comprendido que ni las circunstancias más poderosas o potentes en apariencia pueden romper. La nobleza de pensamientos y alteza de miras se levantan siempre por encima de las pequeñeces de hábito o de carácter. No sé si me explico bien.

Inaugurada del modo que queda explicado la campaña de Guantánamo, forzoso me fue volver la cara a la jurisdicción de Cuba. –Lo sentí, estaba hastiado de hacer todos los días lo mismo en los mismos lugares. Lo monótono en la paz es abrumador, pero en la guerra insoportable. Un mensajero de la «Guardia secreta» (ése es otro misterio) me entrega un pliego, era del General García Íñiguez. Me avisaba de la llegada al ­territorio de sus operaciones de los Supremos Poderes y que por orden del Gobierno pasase allí a conferenciar.

Al siguiente día, después de haber nombrado al Teniente Coronel Antonio Maceo, Coronel en comisión [esto quiere decir que aún no tenía allí un coronel para dejarlo Jefe superior de operaciones] me puse en marcha. Con poca gente y de pie ligero, a la cuarta jornada fui a pernoctar a Miranda. Los españoles lo habían abandonado como también a Mayarí Abajo, Jaragüeca, Piloto y muchos lugares más que ahora no recuerdo.

Yo hubiera podido pasármela esa noche sin avanzadas, no había peligro. A muchas leguas a la redonda no había españoles.

No encontrándome ya sino a una jornada bien andada de la residencia del Gobierno, me propuse no madrugar, pues me sentía molido de cansancio, y fue así que hubo tiempo para que se me estuviera espiando mientras yo dormía. «Los montes tienen ojos», dice el refrán, y eso no deja de ser una verdad.

Muy al amanecer me envió el Jefe de la avanzada principal, un hombre de color, un liberto, de estatura y forma de Hércules, que se le había presentado.

– ¿Y tú quién eres y adónde vas?

–Yo soy Simón y vengo del campamento.

– ¿Qué campamento? –repuse yo asustado.

–Donde mi amo dejó a Eduá.

– ¿Eduardo vive? Anda, corre, dile que venga.

Media hora después se me presentó el viejo Eduardo, el liberto desamparado, el abandonado de todos, menos de Dios, ya repuesto, ya otra vez hombre, rico de fuerzas y rebosando fe y contento. Le acompañaban tres hombres más, con Simón. Le tendí la mano a aquel hombre y él se conmovió.

–Vacía ese saco– le dijo a uno de los suyos.

– ¿Y eso qué es, Eduá? –le dije, creyendo que eran golosinas.

–Doscientas cápsulas, General, que hemos recogido en ese puesto abandonado, y aún tenemos en nuestro campamento (esto lo dijo con orgullo) ropa, galleta, tocino y otras boberías.

–Cuéntame bien cómo ha pasado todo, y entonces dijo:

–Cumpliendo la orden que Ud. me dejó, desde aquel día me puse largas horas en acecho en estas cercanías para ver si podía verme con algún ­negro como yo. Pasé muchas horas crueles de hambre y de sustos, hasta que un día logré que éste, Simón, me viera y se acercase, y como él y sus compañeros deseaban coger el monte, pero no se atrevían a salir por no ser prácticos de por aquí, pronto nos entendimos y todo quedó arreglado. Ellos me dijeron que pasaba alguna cosa grande y que creían que los gringos18 se iban a ir de aquí, pues habían venido muy de pronto a llevarse muchas cajas de parque que tenían en este campamento. Desde ese momento nos pusimos en acecho y apenas ellos salieron entramos nosotros.

Me hizo gracia la entusiasta conclusión de su relato, pues tal parecía que había tomado el campamento por la fuerza.

Momentos después continué mi marcha con cuatro hombres más de alta en mi pequeña escolta. El Comandante Marín anotó sus nombres: Eduá, Simón, Polo y Tacón. Sigamos, pero primero un poco de Geografía mambisa.

Del asiento de Miranda, desde donde yo partí en aquella mañana al paso del Cauto, por Barranca, habrá próximamente hora y media de marcha.

Este trayecto, de terreno llano y firme, era entonces pobre de vegetación montuosa, se componía de maniguas o matorrales, testimonio en Cuba de viejas tierras de cultivo abandonadas; pero una vez vadeado el Cauto, y siguiendo rumbo franco al Oeste, que era mi itinerario aquel día, una vereda tortuosa [vereda mambisa], conduce al viajero por el centro de un espeso monte fresco y seguro, de árboles corpulentos, que forman con las enredaderas preciosos pabellones y cortinajes lindísimos. Ese monte mide por su parte más estrecha cuatro leguas, las mismas que yo tenía que caminar para llegar a un lugar nombrado «El Bejuco», residencia de los Supremos Poderes en aquellos ­momentos.

Internado un poco, y a orillas de un manantial [Catunda] de fresca y cristalina corriente, dispuse hacer alto para tomar algún descanso y alimento. La menestra no era abundante, y dispuse que los recién incorporados saliesen por allí a ver si conseguían jutía, a excepción del viejo de Eduardo, que por intuición pensé no sería muy leído en asuntos culinarios.

Desde que la brillantez de las acciones de Juan Millares, y por ellas las distinciones militares y sociales con que la patria le honró, me privaron de sus servicios personales, yo estaba sufriendo por ese lado. Verdad es que difícilmente hubiera podido encontrar el sustituto de Juan.

Yo lo pasaba como Dios quería y me resigné buenamente al servicio de cualquiera. Tenía a la sazón de asistente a uno nombrado Manuel, liberto, ­puntual, listo, sin miedo, oficioso y sin pereza; pero con el pequeño defecto que se servía él primero que servirme a mí, me dejaba el ala y se tomaba la pechuga. En cuanto al café, mi bebida favorita, de seguro que si el mal espíritu viraba la cafetera, la parte derramada era la mía y no la suya.

Un asistente no es un ente vulgar, de cualquier parte y de cualquier ejército. — ¡Oh! la servidumbre, aun largamente remunerada, siempre me ha parecido tremenda. ¡Cómo será a bayoneta calada! ¿Y en campaña? El asistente es un amigo, pero en aquella ­guerra de Cuba era un bienhechor a todas horas. Para poder tener una idea exacta de eso es necesario haber estado allí, haber pasado el Rubicón.

Aquel que tenía necesidad de un asistente y no lo tenía o lo tenía malo, inútil o inepto, ése sufría, sufría mucho. Llegar (eso de llegar era serio allí) cansado, fatigado, molido, con hambre, el agua calada hasta los tuétanos y en noche tenebrosa y en un «santiamén» y como encanto ver ­fabricado un rancho, después tendida la hamaca, o ­improvisar la cama, vivo y calentador el fuego, lista la comida aunque fuera un boniato, y después venga el café aunque fuese amargo, que es mejor, y luego que llueva, y departir con el compañero, de hamaca a hamaca, de cosas de la guerra y de la patria… A comentar las peripecias extrañas y fabulosas del triunfo conseguido por la mañana y burlarse de la ­desgracia en la derrota sufrida por la tarde… Todas estas cosas las saboreábamos acariciados por la puntualidad y oficiosidad del asistente, por su infatigable asistencia.

Compañeros tuvimos que mucho sufrían porque su carácter les obligaba a cambiar con frecuencia de ese servicial, y eso es lo peor que puede suceder porque no hay lugar a la reciprocidad del cariño; pero hubo otros a quienes siempre les conocí uno mismo. Tomás Estrada Palma fue de éstos. ¿Pero quién no vive con Don Tomasito? como le decían los asistentes y los que no lo eran.

Mas tengo que advertir una circunstancia muy importante y es, que no era lo mismo ser asistente en Oriente que en otra parte, como no es la misma cosa ser esclavo en un ingenio que serlo en un cafetal. Ser esclavo es una desgracia y soportar ese yugo en un ingenio es la suprema desgracia. Para el asistente oriental la tarea era más dura por varias razones: por lo fragoso del terreno, en que la carga tenía que ser más pesada o molesta, puesto que conducía lo suyo y lo de su Jefe, por la necesidad de buscar y conducir provisiones para dos, y por otras razones de no escasa importancia. Atizaba el fuego el viejo Eduardo y en pocos momentos ya estaba listo el café. Yo observaba los ágiles movimientos de aquel hombre canoso y cierto cuidado y pulcritud en el oficio y eso me llamó la atención.–¿De qué lugar eres, Eduardo? –le pregunté. –Yo era del cafetal «San Juan», Guantánamo. Al principio un tal Rendón nos sacó de allí y yo salí muy ­triste porque dejé mi mujer y dos hijitos, después me consolé con la guerra. En el Cauto por poco no queda uno de nosotros y yo llegué a ponerle la mano a un cañón. Después lloré otro día en la cueva, pues creía que iba a morir y me vino a la cabeza mi mujer y mis hijitos. Aquella relación hizo sentirme interesado por aquel hombre. Un momento después regresan los monteros de jutías diciendo: «No hay». –Sí hay –repuso Eduardo con viveza, y como hubiese a diez pasos de allí un gigantesco cupey, a él se dirigió y buscó algo por el suelo. Yo lo comprendí: rebuscó y levantando una hoja y con ella en la mano encarándose a Simón, le dijo: –Aquí hay, mira esta mancha algo parecida a sangre, ésos son sus miaos, búscalas arriba. Eduardo jefiaba, derecho natural de la superioridad intelectual, y había nombrado a Simón su Teniente. Simón le obedecía sin replicar: no hay para qué decir que también lo hacían ciegamente Tacón y Polo. Su edad madura, sus timbres de viejo mambí, su mano tendida para sacarlos a las selvas libres y luego un poco de mejor intelecto: no es extraño que aquellos hombres consideraran al viejo Eduardo como su protector y maestro. Y en realidad lo era. El cupey [puede haber algún ­cubano que no lo conozca, y voy a pintárselo]: es un árbol corpulento, gigantesco, tiene mucho de parecido al catalán amo de la tienda de campo en Cuba, con la pequeña diferencia que el cupey casi siempre sobrevive poco a la muerte de su víctima, su castigo no es dilatado, no profundiza sus raíces y el viento se encarga de la ejecución de la sentencia. El catalán muere, pero su prole vive después alegre y contenta frente a frente de la choza del veguero pobre, sin dinero, y su deudor eterno. Parásito el cupey, sus cuerdas son enormes y bajan hasta el suelo, donde en vano tratan de arraigarse lo suficiente para sostener aquella inmensa arboleda, pues semejan a lo lejos un montecillo.Obedeciendo Simón al superior mandato del viejo Eduardo, se asió a una de aquellas cuerdas y principió la ascensión, mas apenas adelantó quince pies se detuvo y respiró, quiso proseguir y no pudo, y entonces se dejó rodar hasta el suelo, exhalando un resoplido algo parecido al del caballo. No sé si aquel acto de imposibilidad física de su Teniente indignó al viejo Eduardo, lo cierto es [yo me quedé espantado] que tirando con enfado su sombrero viejo, despojo de un soldado español, y sin decir una palabra, agarró la cuerda y cual un experto marino que maromea por los mástiles de su barco, así aquel hombre de 60 años, sin detenerse un instante, subió al árbol perdiéndose entre la espesura de su follaje. Un momento después cayó herida de un machetazo una jutía y por la misma cuerda que subió se deslizaba el viejo Eduardo. No hay que decir que el almuerzo fue espléndido. Llegada que fue la hora de marchar, proseguí, y a la caída de aquella tarde fresca y dichosa, llegamos a la residencia de los Supremos Poderes de la República de Cuba. La historia de Cuba, y sobre todo aquel brillantísimo período del 68, no se puede profanar relatando los ­sucesos de cualquier modo, impulsado por el mero deseo de escribir. No; cosas son esas respetables para nosotros –por lo menos así me lo dictan los impulsos de mi conciencia– y por esa razón digna y levantada no debo (y lo dejaré para otra ocasión) ocuparme en este episodio de los interesantes e históricos detalles de mis confidencias con aquellos hombres que representaban lo más selecto de la Revolución. –­Perdónenme esta frase los que se ­supongan­ más demócratas que yo. –Se encontraba allí el Presidente Carlos Manuel de Céspedes con su E.M., la Cámara de Representantes entera y verdadera, y el Brigadier entonces Calixto García Iñiguez, con todos sus oficiales, vencedor de la víspera sobre las trincheras de Jiguaní. Sigo, pues, mi sencillo relato por gratitud a mi viejo asistente, y ojalá pudiera yo ser tan feliz como fue Dumas, para decir tanto y tan bien sobre la tumba de aquel fiel servidor mío, como dijo él a la memoria del mulato dominicano que le enseñó a conocer las letras siendo aún muy niño en los baños de no recuerdo dónde! Seguía la guerra con todas sus peripecias sangrientas, con sus bruscas alternativas sorprendentes. Un día poseídos de incomparable satisfacción de alegría (como los niños) ­victoriosos sobre el campo de batalla, al otro, sorprendidos y fatigados en retirada comprometida, con varios compañeros heridos y siempre salvados, al siguiente dando vivas a la Patria encima de las trincheras enemigas al romper la ­aurora, tomando el campamento por asalto y por la noche apesarados y tristes a la noticia de capturas de amigos y compañeros como Antonio Luaces. Pero siempre en medio de ese inconstante vaivén de los sucesos, de ese flujo y reflujo de cosas graves y serias como el mar aunque arriba tenga estrellado el cielo. Sentíamos en el alma la esperanza más pura en el triunfo, hasta que sonó la hora menguada de la tregua… El viejo Eduardo siguió conmigo, y está de más decir que nos llevábamos muy bien. Generalmente se cree que la juventud es la edad de los amores; así sea, pero en la edad madura los afectos son más puros y duraderos. Mientras más se acerca el hombre a su fin, más se descarta de lo superfluo, y se va quedando con lo útil, lo positivo. Por eso alguien ha podido decir que «no hay anciano sencillo». El viejo Eduardo sustituyó, con gran provecho mío y en perjuicio de aquél, al malicioso y poco considerado Manuel, y éste pasó de alta a las filas de lo que llamábamos convoyeros. Este fue otro cuerpo gran auxiliar que bien merece un episodio aparte escrito por una pluma como la de Ramón Roa o Fernando Figueredo.

Atento siempre a la buena organización, pues soy de los que creen que sin ésta no se anda seguro y derecho, ni aun en el cielo, organizar me propuse.

De las tareas que cuestan fatigas y disgustos, la de organizar está en primera línea. Cuando se dice «fulano es organizador», ese tiene que ser muy hombre, y organizar allá entre nosotros, eso tenía tamaños bigotes.

Como era natural, para mi proce­­dimiento me apoyé en la ley. Aquellos hombres nos la dieron para todo. Por ejemplo, un Mayor General con mando de tropas solamente tenía derecho a cuatro asistentes, y después así relativamente en escala descendente hasta el Alférez.

Tenía necesidad de dar el ejemplo y dije: «fuera convoyeros y venga la Ley», y fueron mis cuatro números: el viejo Eduardo, Simón, Tacón y Polo.

Dije antes que las organizaciones proporcionan disgustos y a mí me proporcionó ésta más de uno.

Como yo tenía mi esposa, pues dos a su servicio, a Simón y Tacón, y por supuesto, el viejo Eduardo se quedó conmigo teniendo por auxiliar a Polo.

Había muchos Jefes y oficiales que tenían un número excesivo de ­asistentes y convoyeros para ellos y sus ­queridas, y aunque en la época en que por la carencia de recursos de boca se ­tenía necesidad de ir a extraerlos de lejanas zonas podía estar justificado este abuso que nos privaba del servicio de unos cuantos hombres para las armas, no era así en la actualidad, porque la posesión adquirida por la fuerza de las armas de la rica comarca de Guantánamo había acabado con nuestra miseria.

Por fin, después de una gran lucha algo pude hacer en ese sentido. El viejo Eduardo, sin perderme «ni pie ni pisada», lógico y natural fue que al llevarme mi destino a otras regiones fuera el primero en preparar el jolongo. Debía pasar al Camagüey y me puse en camino, pero ocupada mi mente en asuntos de grave ­importancia, no me ocupé durante la marcha, ni aun después de llegar al Camagüey, de la situación en que iba a encontrarse mi viejo sirviente, y que había que montarlo allí para que me pudiera ser útil. Y fue así que al moverme el primer día al frente de algunos escuadrones, me encontré al viejo Eduardo todavía de infantería, y forzoso me fue dejarlo por allí con gente acampada hasta mi próximo regreso.

– ¡Ya Ud., mi General, me va a dejar! –me dijo muy apesarado.

–No, Eduardo, volveré pronto y seguirás conmigo.

Pocos días después el viejo Eduardo era caballero en una hermosa mula bien aperada y que él cuidaba con esmero. Todo nuestro reducido equipaje lo llevaba en un pequeño serón, así como jamás faltaba un trozo de carne asada, que muchas veces después de una fogosa carrera y debido al sacudimiento, aparecía confundida con algunos zapatos viejos, riendas de frenos ya desechados u otros cachivaches que somos los viejos muy dados a ­conservar.

Además, el viejo Eduardo portaba terciada una valija tremenda que contenía todos mis papeles y libros y que pesaría 15 libras próximamente.Aquel hombre viejo en las horas de refriega era necesario que el lance ­fuera muy comprometido para que se retirara a largas distancias, por más que yo, en tono de reconvención cariñosa, le decía: «Eduá, si me pierdes la valija te fusilo». –No, mi General, no se perderá –me contestaba. Como por cualquier circunstancia, por un mal paso del declive del terreno, por desviarse para desechar un árbol caído, una zanja, un pozo, en fin, por cualquier tropiezo que implica ­retardo, todos los combatientes no pueden ir apareados en una carga contra el enemigo, sucedió muchas veces que el viejo Eduardo, sin tener en cuenta estos detalles, gritaba detrás a hombres muy valientes: –¡Adelante! esa gente no ven que los Jefes van allá!Y como nuestros soldados lo conocían, aquel mandato más bien les ­hacía gracia que molestarlos, y después en la quietud y solaz del ­campamento, a la sombra de los palmares, celebraban los arranques bélicos del viejo Eduardo.Pero sucedió un día que me hizo pasar un gran susto y sufrir una pena. –Lo contaré. Invadidas por nuestras tropas Las Villas, quise en uno, de los viajes que hice al Camagüey llevar mi esposa que ya había hecho venir de la de Oriente, para aquella comarca. No teníamos más hijos que a mi Clemencia, de tres años de edad. Dos o tres familias de gente de Las Villas quisieron aprovechar mi pasada para irse conmigo y me dio pena negarles mi amparo, así fue que se ­formó una impedimenta delicadísima. El paso de la Trocha ­solamente constituía un peligro: en ­­­aquellos días estaba muy reforzado y ­­­­­vigilado. Los españoles trataban de ­impedir a todo trance el paso de los batallones orientales que yo había pedido para reforzar el ejército invasor y concluir de una vez. Llevaba yo un buen ­práctico, Tranquilino Cervantes, además un croquis minucioso de toda la línea. La gente que me acompañaba no ­pasaba de quince hombres, eso sí, quince leones. Uno de los oficiales del E. M. era el Coronel Enrique Mola. Cuando llegamos al punto designado para el paso, era ya la caída de la tarde, hora esperada de intento. Mientras aguardábamos a que cayera más la noche, para que la oscuridad protegiera ­nuestra marcha y de este modo evitar la persecución de fuerzas muy superiores de que el enemigo podía ­disponer, se oyó un toque de corneta, punto de atención sobre nuestra izquierda, y que a seguida fue contestado en la derecha. Nuestro paso, fatalmente, tenía que ser por entre dos campamentos casi a la vista uno del otro. La situación era crítica por lo impedimentado que iba en aquella marcha, si como era cuerdo creer, aquel toque ­significaba que el enemigo nos había ­descubierto, el paso se hacía difícil si no imposible y podíamos ser perseguidos. Incontinenti ordené al Coronel Mola que acompañado del práctico y un hombre más se acercase lo más posible sin dejarse ver, al punto de donde primero partió el toque, en averiguación de lo que pudiera ser. El Coronel Mola partió y yo esperé. Quince ­minutos ­después estaba de vuelta. Una gran columna estaba entrando en el ­campamento, y a consecuencia de eso se ­repitió el toque. Entonces me dije: mejor, aprovechemos la ocasión, el descuido es consecuente, pero es preciso no dar tiempo a que los soldados se desparramen, y organicé la ­marcha. Hice entonces que el viejo Eduardo tomase de los brazos de la criada a mi Clemencia ya dormida. –Cuidado, Eduardo –le dije.Ya oscurecía, y no contando con que de la parte opuesta el paso estaba obstruido por muchos yareyes derribados para su aprovechamiento, nos fue forzoso cargarnos hacia la derecha, pero lo hicimos tanto que llegamos a cincuenta varas del fuerte, que rompió fuego sobre nosotros. Ordené en seguida que continuara el práctico con toda la impedimenta y nos quedamos los demás entreteniendo el fuego al enemigo para que no quedara envalentonado. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando siento a mi lado gritando: «¡Viva Cuba Libre!» Era el viejo Eduardo haciendo fuego con un revólver viejo y sin cuidarse de que tenía la niña en sus brazos. Las balas ­enemigas no dejaban de ser bien dirigidas, pues los enemigos tomaban por blanco el relampagueo de nuestros ­disparos. — ¡No seas bruto, Eduardo! –le grité qué sé yo con qué voz. Enseguida nos retiramos. A poco encontramos a mi esposa, que desesperada y loca volvía en busca de la niña que juzgaba ella que seguía detrás. Alcanzamos la demás gente y continuamos la marcha para poner distancia entre nosotros y aquel enemigo, que si no a aquella hora, muy temprano podía perseguirnos. Como a la media noche, la luna se elevaba a su mayor altura, hice alto en un gran potrero, se exploró el campo a la redonda y acampamos. No fue suficiente todo el tiempo que duró la marcha para calmar mi disgusto con el viejo Eduardo. Tampoco la diligencia y asiduo cuidado en preparar la cena a algunos pasos de donde yo con mi esposa y los oficiales comentamos el hecho. Aquello me tenía mortificado, lo llamé y con acento de cólera le dije:

–Eduá, ¿cómo te atreviste a hacer aquello contra mis órdenes, exponiendo a mi hija?

Y aquel viejo, con la sinceridad de un gran corazón me contestó llorando:

–Se me olvidó, General, que yo llevaba a Monchita. [Así le decía él.]

–Lo creo –le dije.

Quedé desarmado de mi enojo, y añadí:

–Pues no te apures por eso y anda, apura el café.

Al rayar la aurora de aquel día despaché el práctico con la impedimenta a esperar en lugar seguro y me quedé retrasado con la gente de pelea.

No hubo novedad. ¿Y cómo la había de haber si más tarde supimos por las confidencias que la creencia era que yo había forzado el paso esa noche por allá con mil hombres? El Teniente del fuerte, que se dio por atacado, ascendió a Capitán. Nosotros dejamos en el campo unos cuantos hombres y caballos, según él, y no habíamos recibido ni un arañazo.

Los acontecimientos inusitados de Las Villas me obligaron a volver al Camagüey y volví acompañado del ­viejo Eduardo.

Las cosas siguieron de mal en peor y sonó al fin la hora fatídica y siniestra del Zanjón.

Yo no podía quedarme en Cuba. El General Martínez Campos me hizo ofertas brillantes para los que no piensan como pienso yo, a fin de que me quedara en ayuda de la reconstrucción del país, como él llamaba eso, sin lo moral. No quise; amé más la miseria cubana que el oro español, y resuelto puse mi rumbo camino del destierro sin más amparo que Dios.

En este trance tremendo para un hombre de ideales reuní al viejo Eduardo, Simón, Polo y Tacón y les hablé de esta manera:

–Como ustedes oyen, ya esto se concluyó por ahora. Yo no me quedo aquí; pero en realidad no sé dónde iré a parar. Si ustedes quieren ­correr mi suerte, el mundo es bastante grande y no nos moriremos de hambre; juntos trabajaremos.

Aquellos hombres no podían contestarme, tal era la impresión. El viejo Eduardo fue el primero que entre sollozos me contestó:

–Mi General, yo quisiera irme, pero no sé de mi mujer y mis hijos.

No lo dejé concluir, y le repuse con viveza:

–Eduá, la mujer y los hijos no pueden abandonarse sino por la patria; quédate, ése es tu deber ahora.

Aquel hombre quedó tranquilo.

Tacón dijo:

–Yo tenía mi mujer, y me quedo para ver si la encuentro.

–Nosotros somos solos en el mundo, nos vamos con usted –dijeron los otros dos.

Aquella despedida fue tierna. Yo no tenía ni una prenda que dejarles en recuerdo. ¡Estábamos tan pobres! Al darles las espaldas formulé estas frases:

–¡Siquiera he ayudado un poco a romper sus cadenas!

Después de todo eso nos refugiamos en Jamaica. Simón y Polo me acompañaron en los primeros meses a pasar aquellos días terribles, martirizado por la miseria y por la injusticia. Simón a poco tiempo se casó con una mujer inglesa de su propia raza, cuyo suegro, que no era muy pobre, lo protegió.

Un día fue a verme y le brindé asiento en mi pobre mesa.

Polo también se separó de mí, se fue a trabajar a un ingenio y lo perdí de vista. Después de mi desgraciado fracaso, donde hasta las prendas de mi mujer naufragaron, pobres y abatidos nos fuimos a trabajar al canal de Panamá, y un día que me encontraba triste y enfermo se me presentó un hombre en mi cuarto. No lo conocía. –¿Y tú quién eres? –le pregunté. –Yo soy Polo, que vengo a verlo y a traerle estos pollos y a decirle que tengo nada más que una mujer y una estancia (o conuco) aquí, bien surtida, para si quiere irse allá y estará bien cuidado. Tendrá dos criados. –Gracias, Polo –le dije–. Yo tendré que ir para Jamaica a morir al lado de mi familia. Tan enfermo me sentía. Después hablamos un poco de Cuba, y se despidió.No he sabido más de esos hombres, pero ellos deben vivir y quién sabe si un día a los que nos dispersó la paz nos vuelva a reunir la guerra.

[«La Reforma.» Julio de 1892.]



Después del aluvión de sanciones de Trump el gobierno cubano no debería estar aquí… pero está (+video)

17 de Novembro de 2019, 9:46, por La pupila insomne



Sinfonía Urbana. Por Rubén Martínez Villena

15 de Novembro de 2019, 18:20, por La pupila insomne

En su Poesía de la Ciudad de La Habana, Ángel Augier llama a este poema de Rubén Martínez Villena, escrito en 1921, “cuatro sonetos antológicos”.

Para Augier, el autor de  La pupila insomne “con gracia y vigor insuperables refleja momentos de la vida citadina de entonces”.

La Habana en rojo René Portocarrero

La Habana en rojo de René Portocarrero

Sinfonía urbana

1. Crescendo matinal
Una incipiente lumbre se expande en el oriente;
unos tras otros, mueren los públicos fanales…
Ya la ciudad despierta, con un rumor creciente
que estalla en un estruendo de ritmos desiguales.
Los ruidos cotidianos fatigan el ambiente;
pregones vocingleros de diarios matinales,
bocinas de carruajes que pasan velozmente,
crujidos de madera y golpes de metales.
Y elévase en ofrenda magnífica de abajo
el humo de las fábricas incienso del trabajo;
rezongan los motores en toda la ciudad,
en tanto que ella misma, para la brega diaria,
se pone en movimiento como una maquinaria,
¡movida por la fuerza de la necesidad!

2. Andante meridiano
Se extingue lentamente la gran polifonía
que urdió la multiforme canción de la mañana,
y escúchase en la vasta quietud del mediodía
como el jadear enorme de la fatiga humana.
Solemnidad profunda, rara melancolía.
La capital se baña de lumbre meridiana,
y un rumor de colmena colosal se diría
que flota en la fecunda serenidad urbana.
Flamear de ropa blanca sobre las azoteas;
los largos pararrayos, las altas chimeneas,
adquieren en la sombra risibles proporciones:
el sol filtra en los árboles fantásticos apuntes
y traza en las aceras siluetas de balcones
que duermen su modorra sobre los transeúntes.

3. Alegro vespertino
¡Ocasos ciudadanos, tardes maravillosas!
Pintoresco desfile de la ciudad contenta,
profusión callejera de mujeres hermosas:
unas que van de compra y otras que van de venta…
Tonos crepusculares de nácares y rosas
sobre el mar intranquilo que se dora y se argenta,
y la noche avanzando y envolviendo las cosas
en un asalto ciego de oscuridad hambrienta.
(Timbretear de tranvías y de cinematógrafos,
música de pianolas y gaguear de fonógrafos.)
¡La noche victoriosa despliega su capuz,
y un último reflejo del astro derrotado
defiende en las cornisas, rebelde y obstinado,
la fuga de la tarde, que muere con la luz!

4. Morendo nocturno
Un cintilar de estrellas en el azul del cielo
y una potente calma de humanidad rendida,
mientras el mundo duerme bajo el nocturno velo,
como cobrando fuerzas para seguir la vida.
Alguna vaga y sorda trepidación del suelo
rompe la paz augusta que en el silencio anida,
y la lujuria humana, perennemente en celo,
transita por las calles de la ciudad dormida.
Ecos, roces, rumores… Nada apenas que turbe
el tranquilo y sonámbulo reposar de la urbe;
y todo este silencio de noche sosegada,
en donde se adivinan angustias y querellas,
es el dolor oculto de la ciudad callada
¡bajo la indiferencia total de las estrellas!

(Tomado de Poesía de la Ciudad de La Habana, compilación de Ángel Augier)



Premio de Periodismo en Derechos Humanos para nuestro amigo y colaborador Pascual Serrano

15 de Novembro de 2019, 14:25, por La pupila insomne

Nuestro cercano amigo y colaborador de La pupila insomne, el periodista y ensayista Pascual Serrano, acaba  de ser reconocido con el Premio  Periodismo 2019 de la Asociación Pro Derechos Humanos de España (APDHE) “por su gran labor en la defensa y en la promoción de los derechos humanos”.

Pascual,  autor de numerosos títulos de análisis sobre los medios de comunicación como como Contra la neutralidad Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo, es un activo luchador por la solidaridad con la Revolución Cubana y también con el proceso bolivariano en Venezuela, así como un profundo conocedor de la realidad latinoamericana. Es, además, el autor del prólogo de mi libro Sospechas y disidencias. una mirada cubana en la red.

Este premio a su obra y trayectoria lo sentimos nuestro.

Presentación en la Feria del Libro de La Habana del libro de Pascual Serrano “Contra la neutralidad”

A continuación una entrevista con él que publicáramos en La pupila insomne. 

Pascual Serrano: “Es absolutamente mentira que el medio privado es independiente”. Por Iroel Sánchez

Comencemos por uno de los temas que has estado tratando últimamente: la carencia de empleo para los periodistas, especialmente en España. ¿Se trata de una situación aislada o es algo corriente?

Es muy habitual. Pienso en compañeros míos de promoción o incluso posteriores. Por ejemplo, tengo una sobrina que acabó periodismo hace tres años y trabaja de camarera. Pero yo creo que son dos problemas: por un lado la precarización o el desempleo que hay en esta profesión de periodista y, por otro, que no existe una demanda. La estructura de la economía de mercado para con el periodismo ha provocado que nadie esté dispuesto a pagar por la noticia, por la información.

En la mayoría de las profesiones lo que pasa es que te explotan y lo que quieren es hacerse ricos con tu trabajo, pero en el caso del periodismo no vale ni siquiera para que te exploten, no crea riqueza directamente para la empresa. La gente no está dispuesta a pagar por un reportaje en Siria o en Ucrania o por un trabajo de investigación al que hay que dedicarle una semana o dos. Esto es un problema muy grave que hace replantearse el periodismo. Pero, más allá del sistema económico, ¿qué está pasando?, ¿cómo conseguimos que el periodismo se financie de alguna manera, ya que la gente no está dispuesta a pagar por él?

Has escrito que en España no hay censura, porque todos los periodistas que merecerían ser censurados están sin empleo, ¿no exageras?

Hay muchas razones o muchos modos de censura. Es el caso de los periodistas que dicen “yo estoy en el periódico y a mí nunca me han forzado ni me han impedido nada”. Claro habría que saber por qué estás tú y no están otros. Quizás tú estás porque nunca hace falta censurarte nada. Por otro lado, existen muchos mecanismos de censura para impedir que, en determinados lugares o medios, se pueda decir la verdad. Al final, el ciudadano termina no sabiendo la verdad, pues existe una cosa muy preocupante que es la impunidad para mentir. Entonces, si por censura uno entiende que determinados poderes impidan que una verdad se difunda, sin dudas la censura existe.

Otro mecanismo de censura en la economía capitalista es permitir que la mentira también se difunda. Hay muchos medios que mienten y al final el ciudadano no puede diferenciar el hecho real de la mentira, y eso también es censura, al fin y al cabo. Tapar una verdad con mentiras es otro modo de ocultar la verdad.

Pero existe mucho más, ya que generar mucho ruido, mucha interferencia, muchos modos de entretener, de despistar o de desviar la atención, es otro mecanismo para establecer la mentira. Yo utilizaba, por ejemplo, ese símil de que estamos en una situación de dictadura y dos militantes, en la clandestinidad, tienen que transmitirse un mensaje en su buzón de correo. Tienen que dejar una cita para encontrarse, una noche, en el centro de clandestinidad. ¿Qué haría la dictadura en este caso? Te interceptaría cuando le vas a dejar a tu compañero el mensaje cifrado en el buzón, e impediría que se lo dejaras. La democracia, en cambio, cuando ve que has dejado el mensaje, va inmediatamente y deja otros cien mil mensajes en el buzón. Entonces no hay necesidad de censurar el mensaje bueno, ya que el receptor no sabrá cuál era, porque le han dejado en el buzón con otros cien mensajes. Esto se parece bastante al mecanismo moderno.

¿El hecho de que anunciantes y dueños o accionistas sean diferentes no es una oportunidad para la diversidad? ¿Por qué si los anunciantes o dueños son distintos, los enfoques no son diferentes?

Hay una frase en Alicia en el país de las maravillas donde el conejo dice —cuando tengas dudas, pregunta quién es el que paga—, y, efectivamente, es muy importante saber quién es el que paga. Cuando la gente me pregunta: ¿de qué medio me fío, qué medio es de confianza?; yo le digo: no te voy a decir de qué medio te has de fiar ni de cuál no, en principio, lo que sí te voy a decir es que estás obligado a saber quién es el dueño del medio y cómo se financia, antes de poder nutrirte de esas informaciones. Los mecanismos son múltiples y aún así, creo que la crisis de la prensa ha creado una esperanza. En el mecanismo de control pueden entrar primero los dueños, los grandes accionistas y luego otros que no son los dueños, en teoría, pero que sí lo son en la práctica, que es un tema del que casi nunca se habla.

Si uno mira a los accionistas de las grandes empresas mediáticas españolas, ve que los bancos no son los dueños, pero te das cuenta que la mayoría de ellas les debe dinero a esos bancos. Existen algunos casos en que miras a los accionistas y no hay ningún banco, pero en el consejo de administración de la empresa, sí que ese sienta el banco, porque a ese banco se le debe mucho dinero y una de las exigencias que ha puesto es la de estar en el consejo, para ver lo que se hace. De ahí que, si bien el banco no es el dueño, como se le debe, hay un dueño muchas veces oculto, que es el banco acreedor.

El siguiente grupo sería el de los anunciantes, que incluye grandes empresas de cualquier índole. Los anunciantes constituyen un lobby de poder importante, en primer lugar porque no es verdad ese mantra de que los dueños de un determinado medio son los ciudadanos, quienes compran un periódico o ven una televisión, porque ellos componen la audiencia y, en la medida en que el espacio o el medio tiene más audiencia, pues evidentemente se sanea económicamente. Eso no es verdad. Los ciudadanos no pagan con su dinero la televisión que ven, ni el periódico que compran, lo pagan los anunciantes o las empresas o los bancos que aceptan las deudas.

¿Qué relación existe entre la propiedad de los medios de comunicación y la agenda política y económica de un país?

Primero hay un marco general, integrado por grandes empresas que se mueven en una economía de mercado, en la cual se favorecen políticas privatizadoras, como parte de las políticas propias del Estado. Esto quiere decir que si tenemos una empresa de hidrocarburos, una empresa telefónica o una empresa hidroeléctrica; cualquier posición editorial, informativa o reportaje que se haga sobre estos temas, estará mediatizada por esa intervención del Estado, en función de evitar que cualquier problema que allí ocurra se convierta en noticia a nivel internacional.

Si los indígenas mapuches están denunciando que Endesa está destruyendo su paraje natural en Chile, esto malamente saldrá en la prensa española. Por esa razón, si Endesa es un anunciante, si la empresa Telefónica era parte del sistema de comunicaciones en Venezuela, pues cuando el gobierno venezolano nacionaliza y compra la telefonía para hacerla pública, tendrá toda la agresividad por parte de los medios relacionados con esa empresa, asociados a ella.

A mí una vez me preguntó un ministro cubano, con honestidad y sobre todo con ingenuidad: ¿qué tú crees que podría hacer el gobierno cubano para que no fuera tan maltratado por el diario El País y quien dice El País dice cualquier otro de los dominantes. Y yo le respondí: tiene una solución muy sencilla, es muy fácil que El País te trate bien, lo único que tienes que hacer es privatizar los hidrocarburos, dárselos a Endesa, y las telecomunicaciones dárselas a Telefónica, y privatizar la banca con el BBVA o el Santander y tendrá usted unos maravillosos editoriales de El País.

Se suele decir que ya no existen medios de comunicación pro gubernamentales, sino gobiernos pro mediáticos, ¿estás de acuerdo con esa afirmación?

Hay un tópico que se utiliza mucho en nuestros países, el de llamarle oficialistas a los medios públicos, e independientes a los medios privados y yo he tratado de desmontar esa tesis, porque es absolutamente falsa. Primero, porque se puede tener un medio público que puede ser estatal o colectivo, con la debida independencia, siempre y cuando tengas un consejo editorial o un consejo asesor que recoja muchas entidades, —los sindicatos, los sectores sociales, etc. Luego, es absolutamente mentira que el medio privado es independiente, porque tiene una servidumbre hacia su dueño que muchas veces es mayor que en los del gobierno, entre otras razones porque el gobierno, en una democracia siempre será representativo de una sociedad, y el dueño de una televisión no lo es.

Un ejemplo de cómo muchas veces termina siendo más independiente una televisión estatal que una privada, es lo que sucedió con Berlusconi. Cuando era primer ministro en Italia, controlaba todas las televisoras, las públicas porque era el primer ministro y la privada porque era el dueño, el propietario de MediaSet, la empresa que controla muchas televisiones incluso algunas españolas. Se da uno de sus escándalos, el de las fiestas que hacía con prostitutas, en su mansión de Cerdeña, a las que iban muchos dirigentes, y entonces, ¿cuál era la gran exclusiva periodística?: conseguir una de esas prostitutas para entrevistarla. Por eso él intentó a toda costa que no entrevistaran a ninguna de ellas, en ninguna televisión. Pasaron meses y, como al séptimo mes, hubo una televisión que sí que logró vencer todos los obstáculos para poder llevar a una de estas chicas a un plató y entrevistarla. ¿Y quién la entrevistó? una televisión pública italiana, que pudo vencer los intentos de censura del Primer ministro, mientras las televisoras privadas, que eran propiedad de Berlusconi, no pudieron vencer, como es evidente, los controles de censura de su propietario.

Existen, por tanto, más vías de burlar una censura en una pública que en una privada, pero es que además en España se está viendo cómo los gobiernos neoliberales están consiguiendo influenciar en los medios privados más que en los públicos. Los privados tú los controlas mediante la publicidad institucional, declaraciones fiscales, políticas de incentivos, de ayuda a la inversión, de becas a los estudiantes, mecanismos para enviar fondos; porque los privados tienen menos mecanismos de control que los públicos. Los públicos tienen que rendir cuentas, son auditables de muchas maneras, pero no puedes controlar, auditar, del mismo modo una empresa privada que a una pública. A una pública la puedes llevar incluso al parlamento a discutir qué pasó. Compara, por ejemplo, el poder que pueden tener los sindicatos con respecto a una televisión pública y a una televisión privada y verás que es mucho mayor en el primer caso. Por lo tanto, no es verdad que un privado es independiente y uno público oficialista.

Has dicho que en política existe el NiNi, refiriéndote al que no está ni de un lado ni del otro y has escrito un libro titulado Contra la neutralidad. ¿Realmente existe un periodismo NiNi?

El libro trata sobre cinco periodistas o fotoperiodistas cuya calidad y valor considero absolutamente indiscutibles, desde cualquier óptica ideológica o política, y que no fueron neutrales. Se trata de que el periodista tiene que tener unos valores, unos principios, ya que desde principios es que se puede interpretar y analizar el mundo. Existe además, y es uno de los discursos dominantes sobre el tema, la idea de que el periodismo es neutral, objetivo, imparcial, aséptico, y eso es mentira. Son términos que se manejan, por parte de los medios privados, para poder decirle a la gente: olvídese usted de políticos, de partidos, que yo le voy a dar una información virginal, objetiva, neutra, con datos y cifras.

A partir de ahí, unos medios privados se convierten en agentes políticos de intervención, frente a unas opciones políticas que quedan desautorizadas por definición, mientras que el medio dice que te va a dar la información neutral y tiene para ello un mecanismo de información ideológica mucho más eficaz que el partido político y, por cierto, mucho menos legítimo, ya que no está sometido a los controles democráticos de los partidos políticos.

El libro analiza cinco periodistas, algunos conocidos en Latinoamérica, como el argentino Rodolfo Walsh y también Ryszard Kapuściński , un periodista polaco, referente en las universidades de Europa, que creo no es suficientemente conocido en Latinoamérica. Ambos están fallecidos. Kapuscinski cubrió los procesos de descolonización en América Latina, e incluso en todo el mundo, puesto que trabajó durante las décadas del 70 y el 80 e incluso escribió un libro sobre los movimientos insurgentes en América Latina, que se titula Cristo con el fusil al hombro. Luego están John Reed, que es conocido aquí por su libro Los diez días que estremecieron al mundo, Robert Capa que es el fotógrafo por antonomasia de la Guerra Civil Española y Edgar Snow, el norteamericano que cubrió la Revolución en China.

Estos periodistas nos ayudaban a entender elementos muy complejos y fundamentales del siglo XX y siguen siendo referentes, frente a este periodismo superficial y trivial —que ya ni siquiera sirve para envolver el pescado del día siguiente, sino que se acaba hoy mismo, con la era de internet. Por eso los libros de estos autores se siguen distribuyendo y vendiendo, por tratarse de ese periodismo que interpreta la sociedad y explica el mundo, que se pronuncia y que tiene valores y principios; un periodismo que perdura en el tiempo y que aun hoy sigo reivindicando.

¿Qué les dirías a quienes proponen como solución para los problemas del periodismo en Cuba la naturalización de medios de comunicación privados y su financiación desde el exterior? 

El primer problema es que los medios de comunicación terminan convirtiéndose inexorablemente en agentes políticos. En el capitalismo se ha producido algo terrible y es que los mecanismos de intervención política no son ya ni los partidos políticos ni las instituciones. Es decir, quien define los debates, quien crea ideologías, genera opinión y legitima representantes, incluso representantes políticos, son los medios de comunicación. Como dice Ramonet, no es verdad que los medios de comunicación de nuestros países constituyen ese llamado cuarto poder, que vigilaba a los otros tres. En primer lugar porque ya los otros tres se han puesto al servicio de uno, el poder económico y, en segundo, porque el que se suponía que los iba a vigilar, que era el cuarto poder o el periodismo, está mucho más claramente al servicio de la economía y del capital privado que los ya referidos. Esto algo muy peligroso, porque implica que el medio de comunicación deja de hacer periodismo, deja de informar y se convierte en un mecanismo de intervención política, porque el poder económico ha descubierto que este nuevo uso es mucho más eficaz, incluso, que el partido político.

La gente en nuestros países no quiere —como se dice vulgarmente— que le coman el coco y cree que el partido político le come el coco, cree que la empresa publicitaria le come el coco, cree que el cura le come el coco y no le falta razón. Entonces la prensa se presenta para decir: yo no te como el coco, yo le voy a contar a usted objetivamente lo que pasa en Venezuela, yo le doy datos, le doy una información aséptica. Basta ver como se llaman los periódicos: El Mundo, El Globo, El País, El ABC, El Diario. Son todos vocablos neutrales que evocan imparcialidad para, a partir de ahí, decir: esta es la verdad, yo soy el que le va a dar la verdad; los partidos políticos le quieren a usted convencer; las empresas le quieren convencer, todo el mundo le quiere convencer, pero yo no, yo le voy a dar una información pura y dura. Y todo eso es mentira, porque se trata, en realidad, de un mecanismo de intervención. ¿Qué ha pasado, por ejemplo, en América Latina? Las opciones políticas de derecha se han dado cuenta de que ya no convencen a nadie. Ya no hay partidos políticos de derecha o líderes de derecha que convenzan con un discurso de derecha. ¿Cómo lo hacen, entonces? A través de medios de comunicación privados, bajo ese formato de neutralidad. Es así cómo se está inoculando un discurso y unas políticas neoliberales.

Un ejemplo de hasta qué punto los medios de comunicación privados tienen una gran capacidad de intervención, fue cuando se produjo el golpe de estado en Honduras. La primera medida que tomó el gobierno golpista fue privatizar la televisión pública. ¿Y qué buscaba con eso? Cayeron en la cuenta de que si la televisión pública se controla como gobierno golpista, mañana llega un gobierno progresista y podrá democratizar esa televisión; en cambio si se privatiza y se le entrega a un gran empresario, venga el gobierno que venga, ese asegura un predominio de la línea neoliberal, con lo cual ganar o perder las elecciones no tendrá ya la misma importancia.

Si a un ministro o a un diputado en mi país le dijeran: ¿qué prefiere usted, intervenir en el congreso y esperar su turno de réplicas o salirse fuera y dar una entrevista en la televisión? Dejaría el congreso, perfectamente, y se iría fuera, a conceder una entrevista, porque es mucho más poderoso e influyente. El tema es tan terrible que, en este momento, tiene mucho más poder un analista, un columnista o un tertuliano, que lo ha nombrado nadie y que no representa a nadie más que al poder económico que le ha contratado para esa empresa, que un ministro, que tiene detrás el voto de diez millones de personas.

Incluso un ministro aunque no sea de mi partido, está más legitimado en una democracia, tiene más derecho a dirigirse a la gente que un tipo que es un columnista, designado por el dueño o un director de un periódico, cuyo propietario es BBVA. El columnista no representa a nadie, mientras que el ministro, aunque sea del Partido Popular, está más legitimado que un analista, que seguro también va a ser del Partido Popular, pero que ni siquiera lo hemos votado.

Esa es la grave aberración del periodismo que estamos sufriendo; son agentes de intervención política, sin los mecanismos de control democrático. En la democracia tienes un parlamento, los diputados hablan en función del tiempo, del voto que han tenido, de los resultados electorales, las votaciones son en función del apoyo ciudadano, y funcionan las votaciones y funciona la democracia. En cambio, ¿qué democracia hay en un sistema de mercado de medios donde los dueños deciden quién habla?

Has escrito mucho sobre los desafíos y oportunidades que abre Internet para la comunicación. ¿Por qué insistes tanto en que “el hambre, la opresión y las injusticias se producen en el mundo real, no el virtual”?

Yo creo que el tema de las redes e Internet merecen analizar bien sus dos vertientes, es decir la eficacia y lo que tienen de utilidad, y los peligros que también entrañan. No debemos caer en la sensación de que todo lo podemos hacer por Internet. Esas campañas, por ejemplo, de recogidas de firmas, de “vamos a recoger firmas para que dimita Trump”, etc. El señor Donald Trump no se levanta por la mañana y mira a ver cuántas firmas hay en Internet, exigiéndole que dimita. O una de mil firmas para que quiten el nombre de una plaza y al lado otra de diez mil para que la hagan más grande. Es evidente que se trata de una falsa militancia, de un falso activismo; pero también debemos reconocer que es una herramienta que ha ayudado, de algún modo, a terminar con ese oligopolio de medios que había, que eran apenas cuatro medios los que nos informaban.

Ya no es así, ahora un movimiento a través de las redes sociales puede disparar la lectura de un artículo, que de otro modo se hubiera quedado pequeñito. Por lo tanto, alguna capacidad de intervención tenemos sobre lo que se lee. Ahora, en las páginas webs, podemos decir que jugamos en la misma división que el periódico grande. Ellos con su artículo en la web y nosotros con el nuestro. No es lo mismo pero, de alguna manera, estamos jugando en la misma división.

Cuando hablo de Internet, estoy hablando de periodismo y de periodistas que cobran por su actividad; que mandan a un enviado especial a Siria; que trabajan un reportaje de investigación durante 15 días. Eso en estos momentos lo hay gracias a Internet. Se difunde mucho gracias a las redes sociales y se pueden alcanzar por esta vía cifras de ascenso perfectamente homologables a las de un gran periódico, sí que se pueden conseguir esas cosas.

Ahora bien, tenemos que trabajar para decirle a la gente que no conviertan a Internet en un mecanismo para la banalidad, para exponer su vida íntima, para el cotilleo, para lo anecdótico, para lo divertido, para lo frívolo. Nosotros, que propugnamos una cultura de información, una cultura profunda, elaborada, crítica y luchadora por un mundo mejor, tenemos que intentar que Internet también se convierta en algo similar, y que no se convierta en el sitio donde uno pone la foto de la comunión de su hijo, de cuando estuvo en la playa, la fiesta de anoche u otras frivolidades y tonterías semejantes, que es lo que suele suceder.

Creo que hay que darle contenido a esas redes y advertir del falso activismo que puede suponer estar todo el día delante de un ordenador. Las movilizaciones, la lucha, las organizaciones no son virtuales. Las organizaciones políticas no son un grupo de Facebook y el hambre, el dolor, la violencia y la guerra, no son virtuales, son reales. Las movilizaciones se hacen en la calle, manifestándose y moviéndose. Creo que en cuanto a información, existen muchas posibilidades gracias a internet y las redes sociales, pero es también muy imprescindible aprender a manejarlas correctamente.

Debemos intentar a toda costa que las mentiras que hasta ahora eran patrimonio solamente de los grandes poderes, nosotros no terminemos haciéndolas nuestras y reproduciéndolas, porque nosotros, desde nuestro activismo y nuestro compromiso, por falta de rigor y falta de seriedad y por no constratar, muchas veces terminamos difundiendo mentiras y es muy importante dejar claro que, dentro de nuestro espíritu crítico, tenemos mucho más rigor y más veracidad y credibilidad que los grandes medios.



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15 de Novembro de 2019, 9:47, por La pupila insomne